La carga de la prueba

By artabrio

Es un principio muy utilizado en Derecho y que tiene aplicaciones diversas decir que “quien afirma algo tiene la obligación de probarlo” y consecuentemente que quien se limita a negar la existencia de un hecho o situación dada no tiene obligación alguna de probar la exactitud de su postura, aunque esté en condiciones de hacerlo. Así, por ejemplo, en un caso de filiación el supuesto padre podría probar que no estuvo en el país en el momento de la concepción del niño que se le atribuye y demostrar además a través de un estudio que existe una incompatibilidad genética entre ambos; sin embargo basta con que la madre presente prueba insuficiente para que se rechace su pedido.

Esto se basa en un principio más amplio: el Juez debe ser imparcial y considerar los dichos de todos los involucrados en la causa, pero debe fallar en base a las pruebas que se le presentan; si no hay prueba se produce un vacío de información que no puede llenar por cuenta propia y en consecuencia debe prevalecer la falta de acción ante un estado de indeterminación (o sea que no puede actuar ante una realidad que no conoce y debe dejar las cosas como están).

En ciencia el principio es el mismo ya que ante la falta de información respecto de un tema específico se dejan las cosas como están, o sea indeterminadas. Este es un principio lógico basado en un escepticismo básico que impide que se pierda tiempo y esfuerzos en algo que puede resultar falso o inexacto, ya que en ese caso devendría prácticamente imposible cualquier avance concreto en materia alguna, debido a que pueden llegar a existir incontables hechos de estas características (un análisis profundo de cada uno de ellos resultaría interminable). Así que, por ejemplo, para afirmar científicamente “esto es una hoja de papel” el interesado debería probarlo en base a un análisis químico del objeto que tenga en cuenta la definición de papel aceptada por la Ciencia; mientras tanto puede considerar que tiene un objeto con las características de una hoja de papel y dicha afirmación sería poco objetable al no entrar en contradicción con conocimientos adquiridos. En cambio, si afirmo “esta hoja de papel tiene sentimientos inmateriales que derriten rocas en Alaska” la prueba resultaría muy complicada de obtener, cuando no imposible; si además es contradictoria con los conocimientos químicos, físicos y geológicos que se poseen se considerará que se tiene una hoja de papel común y que el resto de la afirmación carece de sustento hasta tanto quien la sostiene aporte las pruebas pertinentes (un juez considera al objeto que tiene en su escritorio como una hoja de papel, pero dejaría en libertad a alguien acusado de hacerla sufrir); suponer que no se ha probado que la afirmación sea falsa y que por ello es cierta implicaría un caos teórico (se deberían modificar conocimientos anteriormente probados) y práctico (habría que establecer, por ejemplo, si resulta deseable o inconveniente fabricar hojas de papel de esas características).

Imaginarse un mundo donde todas las afirmaciones tengan el mismo valor (independientemente de que estén o no probadas) resulta revelador: gente que deja de alimentar a sus hijos porque afirma que eso les causa daño; epidemias difundidas ante la eventualidad que resulten beneficiosas; homicidios justificados en los cambios de temperatura de un planeta invisible; el idioma, al necesitar reglas fijas y arbitrarias, no existiría, ya que cada persona se comunicaría como lo crea pertinente; finalmente lo mismo podría decirse de toda actividad social. En resumen, sería un mundo irracional donde cada uno haría lo que considere correcto, aunque tenga en realidad resultados catastróficos.

De todo lo hasta aquí expuesto se puede inferir que el método científico de conocimiento implica dejar de lado lo indeterminado y aceptar sólo los hechos o teorías que tengan respaldo en pruebas concretas, incorporándoselos a lo ya conocido recién en el momento en que dichas pruebas son evaluadas favorablemente; esto ha permitido el rápido avance del cuerpo de conocimientos principal al dedicarse sistemáticamente a cuestiones con posibilidades concretas de éxito. De esta manera la Ciencia, escepticismo mediante, ha obtenido logros de otra manera imposibles.

En cambio, en materia de pseudociencia este principio es frecuentemente violado en oportunidad de dar fundamento a sus afirmaciones, invirtiendo su significado al utilizar frases del tipo “nadie puede demostrar que los OVNIS no son naves extraterrestres, por lo tanto hay que considerar que sí lo son”, lo cual equivale a decir “si puede ser, entonces es”. Esto implica transformar la posibilidad en un hecho, y hace de las pseudociencias un conjunto caótico de datos no probados, inconexos e incluso contradictorios entre sí, que son aceptados sólo porque la premisa es que el conocimiento a incorporarse es válido hasta tanto sea fehacientemente probada su inexactitud, lo cual suele resultar imposible debido a la utilización en la defensa de argumentos no susceptibles de verificación (con sólo decir de algo que es “inmaterial” basta para “probar” su existencia).

En conclusión, la Carga de la Prueba constituye un Principio fundamental, cuya utilización correcta (basada en la lógica y la experiencia) indica que todo aquello que no alcanza a cumplir con los requisitos exigidos para constituirse en Hecho Probado es simplemente algo indeterminado, de lo cual solamente puede decirse que tiene un mayor o menor grado de posibilidades de resultar correcto (entrando usualmente en este análisis elementos como la intuición o la creencia que indican justamente su falta de certidumbre); ésto es lo que hace la Ciencia y constituye una característica que ayuda a diferenciarla de la Pseudociencia.

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